El EXILIO DE ERNESTO LECUONA
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- 13 nov 2025
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Actualizado: 14 nov 2025
Hace tres años que salí de Cuba… Nada me hicieron ni nada me quitaron, materialmente, pero sí me hicieron y sí me quitaron: me quitaron la libertad de pensar; de ser yo; mi religión y mi fe, y algo más: me dejaron sin patria.
Ernesto Lecuona
Del libro «Ernesto Lecuona. Cronología comentada Tomo II» / Ramón Fajardo / Libros / Música / Lecuona / Exilio / Cronología comentada / Cuba

1960
6 de enero:
En el buque Florida viaja a Estados Unidos de Norteamérica, acompañado por Ernesto García y Arturo Alquízar.
Así tiene lugar su definitiva partida de Cuba, en la cual influye el disgusto que experimenta a lo largo de varios meses de 1959, cuando, a pesar de las voces solidarias, tiene lugar la campaña encaminada a desprestigiarlo —tanto desde el punto de vista intelectual como en lo tocante a su personalidad— que emprenden César Portillo de la Luz y Rosendo Ruiz Quevedo con el apoyo de Juan Arrondo y Orestes Santos.
Luego de una breve permanencia en el estado de Florida, se traslada a Nueva York para organizar una nueva visita a España con sus acompañantes al abandonar el territorio cubano en enero, así como Justo Cédeño, África, y Pedrito Fernández, quienes —invitados por él— parten en marzo de La Habana hacia la Babel de Hierro a fin de incorporarse al grupo.
Antes de marchar a Europa, asiste en el salón-comedor del neoyorquino hotel The Pierre a una actuación de Caterina Valente, quien —conforme a lo que narra el maestro—
«[…] al enterarse de mi presencia en el salón mandó que me enfocaran con el receptor y se dirigió al auditorio diciendo que le debía a Malagueña el estar actuando en Estados Unidos».
29 de marzo:
A bordo del Santa María, el maestro Lecuona parte de Port Everglades hacia España, seguido por la mencionada comitiva.
Pero antes de llegar al territorio continental, decide detenerse unos días en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, para hacer realidad su sueño de conocer bien la tierra donde nace y muere su padre, pues «Hasta la fecha solo he pasado por la isla a bordo de los buques que me llevaban de un lugar a otro».
Posteriormente viaja a Madrid a fin de estrenar —en colaboración con Guillermo Fernández-Shaw— la ópera El Sombrero de Yarey; una nueva versión de la opereta-revista Lola Cruz y la revista Sueños locos. Para sus proyectos baraja los nombres de Marianela Barandalla, Tomás Álvarez, Luis Bellido, María de los Ángeles Santana, Mimí Cal, Carlos Pous, Leopoldo Fernández, Rodolfo Borges, Pedrito Fernández, Sara Jústiz, David Rendón…
Al resultar infructuosas la posibilidades para tales propósitos, se radica durante unos meses en Barcelona, primero en el hotel Manila y más tarde en la calle San Eudaldo n.º 16. Asimismo se reúne con Joaquín Gasa para la posibilidad de estrenar en el Cómico, lo cual, a la larga, tampoco logra llevar a efecto.
Octubre:
Experimenta una gran alegría al reunirse en la Ciudad Condal con su sobrina Elisa Brouwer Lecuona; su esposo, Arturo Ramírez, y los hijos de ambos, cuya salida de Cuba contribuye a propiciar, y los deja encaminados en Madrid antes de él retornar a Estados Unidos.
Fija su residencia en Tampa, donde adquiere una casa en North Tampania n.º 5004, la cual compra por la cifra de 13 240 dólares.
1962
Enero:
Empieza las coordinaciones, desde Tampa, para el estreno de Lola Cruz en Madrid —durante el segundo semestre del año— por la Compañía Amadeo Vives, bajo la dirección de José Tamayo, con quien mantiene frecuente intercambio de criterios mediante cartas y por conducto telefónico.
También tiene contactos en España con Gregorio García Segura, quien se ocupa de la dirección musical de La bella Lola (Dir.: Alfonso Balcázar), en el que se incluye la lecuoniana Malagueña, la cual canta Sara Montiel, protagonista de la película.
Todas esas gestiones lo ocupan hasta octubre, cuando escribe a Pedrito Fernández sobre el aplazamiento para 1963 de los planes con Tamayo, pues este tiene compromisos profesionales en Nueva York que se extenderán hasta tal año.
21 de julio:
El pianista y musicólogo Odilio Urfé González, Coordinador de la Comisión Nacional de Música, del Consejo Nacional de Cultura, redacta una carta a Francisco Carballido Villar para que —como representante en Cuba de los asuntos legales de Ernesto Lecuona— informe al maestro la posición del Gobierno Revolucionario con respecto a su permenencia en el exterior, y lo invita a regresar a la patria. En el texto de la misiva se puntualiza:
Nadie como usted, que conoce la política que el Gobierno Revolucionario ha mantenido y mantiene celosamente en relación con los artistas cubanos —que no es otra que de respeto, admiración y estímulo para el desarrollo amplio de sus vocaciones—, para corroborar la altísima consideración que el mismo tiene a favor de nuestro gran pianista y compositor vernáculo Ernesto Lecuona.
Es más, el Consejo Nacional de Cultura y su Comisión Nacional de Música se han visto obligados a subrayar en determinados centros artísticos y sindicales, que la ausencia del Maestro Lecuona de su patria no se debe en forma alguna a problemas de índole artística o política entre él y organismos oficiales de la cultura y el Gobierno.
Como usted sabe, desde hace algún tiempo, personas mal informadas, desorientadas o enemigas de la Revolución, han echado a rodar la especie de que el Maestro Lecuona se encuentra exiliado por razones artísticas y políticas, y que viene actuando en Norteamérica como un contrarrevolucionario activo. Ante ese estado de cosas, el Gobierno Revolucionario se vio obligado, por tratarse de tan significativa figura nacional y mundial, a esclarecer y destruir esas insidias que mucho dañaban el prestigio y la admiración que el pueblo de Cuba profesa a tan noble músico.
Tanto nosotros como el Consejo Nacional de Cultura sabemos perfectamente cuál es la posición del Maestro Lecuona en relación con nuestro Gobierno, y que su salida de Cuba se debió a compromisos artísticos contraídos anteriormente al triunfo de la Revolución (cosa que tradicionalmente él acostumbraba realizar), y que su presencia actual en Tampa obedece a problemas ajenos a la política cubana.
Por todas esas razones, el Consejo Nacional de Cultura, una vez consultadas las más altas y responsables figuras del Gobierno Revolucionario Cubano, determinó invitar al Maestro Lecuona a que regrese y establezca su residencia en su patria (la cual nunca ha dejado de honrar artística y patrióticamente) y tome parte activa en la intensa labor que dicho Consejo viene realizando, a nivel nacional, en pro de la música cubana en todas sus manifestaciones. En este aspecto el Maestro podrá escoger la residencia y lugar donde desearía vivir el tiempo que esté en Cuba, una vez regrese de los viajes que acostumbra realizar anualmente por otros países.
Deseo añadir que también tendrá garantizado un contrato anual para que realice las actuaciones que él desee para el pueblo cubano, que tanto lo admira y que se regocijará una vez que conozca que el Maestro Lecuona se encuentra de nuevo viviendo en su patria.
En la seguridad de que Ud. hará todo lo que a su alcance esté para que esa gestión se haga realidad, que ojalá se logre entre el 16 de agosto y el 2 de septiembre en que se celebrará el magno Festival de Música Popular Cubana (evento sin precedentes en la historia de la música popular cubana), queda de usted con toda consideración a nombre del Consejo Nacional de Cultura y el mío propio.
Todo indica que la propuesta de Urfé no recibe respuesta de Ernesto Lecuona, y en tal contexto la campaña de sus adversarios se encamina a silenciar la obra musical del maestro. Sin apoyo oficial —pero sustentada en decisiones de dirigentes de entidades culturales y medios masivos de comunicación—, ella resultará lesiva en los años sesenta y setenta del siglo xx, sobre todo en el llamado «quinquenio gris» de la cultura cubana.
El compositor, pianista y profesor Juan Piñera estima al respecto:
Durante algunos años la música de Lecuona estuvo preterida. No fue el único caso. Pero en el suyo, fue lamentable y creo que en eso existió una buena dosis de oportunismo, de mediocridad y de falta de amor hacia la cultura cubana, que es una sola y en ella se debe defender todo lo valioso.
Así como los rusos defendieron la música de Serguéi Rajmáninov, nosotros no debimos permitir que se intentara olvidar la música de Lecuona por diferencias ideológicas y situaciones coyunturales. Martí decía «Honra, honra» y si nosotros —a pesar de la diferencia ideológica— lo hubiéramos hecho con el maestro, cuando él decide abandonar el país definitivamente, hubiéramos sido más grandes y hasta posiblemente él hubiera regresado y muerto en Cuba y no se hablaran tantas cosas que se han dicho en torno a esto.
Todos hubiéramos ganado. Hubiera ganado Cuba, que era la primera que tenía que ganar; hubiera ganado la música de Lecuona; hubiera ganado la cultura cubana, y nosotros no tuviéramos que hacer hoy estas afirmaciones, sino decir: «¡Qué bien, la música de Lecuona se defendió en todo momento, en todo instante, a pesar de las diferencias!».
Mas, en esos tiempos de 1962, cuando, a causa de la envidia, «personas mal informadas, desorientadas […]» —como las califica Odilio Urfé—, recrudecen los ataques contra el maestro y, despectivamente, insisten en calificarlo de exiliado a causa de su decisión de permanecer en Estados Unidos, por primera vez afloran en Ernesto Lecuona consideraciones acerca de la situación política imperante en Cuba, cuestión de la que se mantiene al margen tras su partida de la Isla.
A lo anterior se suma la información real o distorsionada que —mediante la prensa, la radio y la televisión— recibe en suelo norteamericano acerca de hechos radicales del proceso revolucionario cubano, distantes de las circunstancias históricas vividas por él en la tierra natal: la primera y segunda Ley de Reforma Agraria, nacionalización de grandes empresas nacionales y foráneas, enfrentamientos a propietarios disconformes ante la pérdida de sus bienes, contradicciones entre las autoridades y la Iglesia Católica, la ruptura en las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos y la «Crisis de los misiles», la cual sitúa al mundo, en 1962, al borde de una guerra nuclear.
Pero sus enjuiciamientos en tal sentido se alejan totalmente de la publicidad para limitarse a un ámbito tan estrecho, que prácticamente resulta desconocido hasta la actualidad: su correspondencia con el autor español Guillermo Fernández-Shaw Iturralde, a quien escribe el 30 de enero de 1963:
Del exilio, nada nuevo puedo decirle. Desgraciadamente, el mundo cristiano y católico-demócrata, por más señas, está viendo “unas cosas”, unos “enjuagues”, que me hacen sospechar cosas bien negativas… ¡Un desastre! ¡Un fracaso!
En fin, querido amigo, esto, lo mejor, es no hablar de ello.
Hace tres años que salí de Cuba… Nada me hicieron ni nada me quitaron, materialmente, pero sí me hicieron y sí me quitaron: me quitaron la libertad de pensar; de ser yo; mi religión y mi fe, y algo más: me dejaron sin patria.

Y el 1.° de julio de tal año relata a su amigo peninsular:
Su carta me ha hecho mucho bien ya que la enfermedad, y mi situación en este destierro, que no se le ve el fin, me tiene algo tristón y a veces (lo confieso, como un niño) me escondo por los rincones para que no me vean llorar.
En fin, querido Don Guillermo, vamos a ver si todo termina, como es ya del dominio público, basándose en los acuerdos “secretos” de Kennedy y Kruschew (sic), y si yo tengo la salud suficiente para irme a esa, y volver a ver a Cuba libre de esa gentuza.







