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ROUND I: PICHÓN DE GAVILÁN: BOXING

Los naipes del destino

Antes de ser Kid Gavilán, el héroe de esta historia se llamaba Gerardo González. Había nacido negro y pobre en Palo Seco, un pueblito imposible de encontrar en los mapas del viejo Camagüey, y de allí fue buscando la luz hasta abrirse lugar en las mejores marquesinas del teatro de los sueños pugilísticos.

Boxing. Historia del boxeo



Por una contradictoria y caprichosa coincidencia, el hombre vino al mundo el Día de Reyes de 1926, el mismo año en que nacieron Miles Davis y Marilyn Monroe, el mismo en que murieron Rainer María Rilke y Claude Monet, y el mismo, también, en que un ciclón asoló Cuba con la furia de todos los vientos del demonio.


Contradictoria coincidencia, digo, porque el chiquillo nunca tuvo noticias de Melchor, Gaspar y Baltazar, y cada 6 de enero bajo su cama solo aparecía el tibor y, con fortuna, un real o una torpe escopeta de madera tallada por el cuchillo de su padre.


Caprichosa, sostengo, porque cuando Kid Chocolate invadió los cuadriláteros del Norte, la fecha de nacimiento que constaba en su hoja de servicios era precisamente el 6 de enero, aunque del año 1907.[1] Nunca mejor dicho que ahora: los genios coinciden.


La miseria como cantera

Recién cumplidos los doce años, Gerardo se encarama por primera vez a un ring, y advierte que el rival, un mestizo larguirucho, lo ha mirado entre burlón y compasivo. A modo de respuesta, el negrito de noventa libras clava en él sus ojos tristes y no deja de hundírselos hasta que el referee detiene las acciones a los pocos segundos del round dos.


El futuro inmortal del pugilismo debuta por la puerta de los grandes. Las tesis enunciadas por Jack Dempsey acerca de que «el boxeo se nutre de muchachos hambrientos y ambiciosos», y de que «para convertirse en boxeador eminente hacen falta la penuria, el hambre, la desesperación»,[2] se confirman otra vez.


Es lógico que, «nadie con el estómago lleno sube a un ring para dar y coger golpes».[3] Para muestra, el botón de la adolescencia mayor campeón profesional de los completos, Joe Louis. Hijo de un carpintero alcohólico y una india lavandera, Louis conoció desde temprano la miseria y por eso vendió periódicos en su natal Detroit, fregó autos, fue limpiabotas, mensajero y mecánico.

En ese espejo sucio se ha debido mirar el muchacho que luego será Kid Gavilán: poco estudio y bastante zapato lustrado, además de trabajos en una fábrica de hielo. No faltaba razón a Norman Mailer cuando escribió que «las culturas de los ghettos, las culturas negras, puertorriqueñas y de emigrantes mexicanos ―los chicanos―, por tener menores esperanzas de un cómodo vivir, suelen preferir el ingenio corporal».[4]

Como establece el propio Mailer, el boxeo «es un diálogo de cuerpos» en el que dos hombres, «pura y simplemente, conversan con su físico».[5] Pero es, hay que admitirlo, un diálogo riesgoso.

El mismísimo Nat Fleischer, santo y seña del arte de Fistiana, reconocía que este tiene puntos débiles y pecados de qué arrepentirse. Desde los, hoy lejanos, tiempos en que los boxeadores se batían a puño limpio y sin clemencia, muchos valientes han dejado la vida persiguiendo un pedazo de gloria y un fajo de billetes. La muerte vuela oculta detrás de cada golpe, cada combinación, cada knockout, y el infinito amor del viejo Fleischer no podía negar esta verdad.


De los cañaverales a La Habana

Chocolate ha decidido retirarse hacia fines del año 1938 en que ―nuevo capricho del azar― acontece el debut de Gerardo González. La nación se despide con pesar del ídolo que pasa y reza con fervor por su relevo. La espera será larga. Desesperantemente.

Joe Legón y Kid Tunero se convierten en las nuevas promesas de una fanaticada que aún ignora al joven boxeador de Palo Seco, invicto por los rines amateurs de Camagüey y Oriente. Quienes lo han visto insisten en que «no carga mucha dinamita» en los nudillos; en cambio, alaban su quijada de granito y esa velocidad de gato con que se mueve por la lona.

La década de los cuarenta lo sorprende alternando los combates con el corte de caña: ora calza los guantes; ora coge el machete. Detesta las jornadas en los cañaverales, mas no tiene otras opciones y, confundido entre criollos, jamaiquinos y haitianos, llora calientes lágrimas de rabia.



Un buen día, alguien que sigue su carrera le sugiere partir hacia La Habana, la plaza pugilística más fuerte de la isla. Al principio el muchacho se resiste: no se concibe lejos del lugar y de la gente que conoce. Pero los argumentos de su desconocido admirador son tentadores: «Allá te harás profesional y tendrás plata; aquí solo serás un cortador de caña que boxea».

Setenta y dos horas después, el moreno se decide a emprender un dilatado viaje en tren. La Habana es el destino.


La hora del bautizo

Gerardo González recala en la capital a comienzos de 1943, flanqueado por otro pugilista que también quiere probar fortuna en rines habaneros. El ya fallecido referee Yolando Sánchez creía recordar que aquel acompañante «era el Bulldog Camagüeyano, aunque igual pudo ser un peleador de apellido Morales».



La ciudad se les antoja inmensa y bella a los recién llegados. Dos mañanas después, un vecino de la pocilga en que pernoctan les propone visitar el gimnasio de Pincho Gutiérrez ―el hombre que condujo a Chocolate al primer campeonato mundial ganado por un púgil cubano― y allí se van los dos, con los puños ansiosos y la mirada del perfecto buscavidas.

Pincho muestra poca motivación por atenderlos, pero ellos le ruegan que les dedique unos minutos. Ipso facto, los muchachos se lían en un encarnizado sparring, y al final de la práctica el viejo lobo decide quedarse con «el otro». Gerardo no le gusta. El trainer Manolo Fernández discrepa en secreto y se dirige a ver a alguien que le había confesado su deseo de poseer un pugilista.


El interesado se llama Fernando Balido, tiene fama de chulo y reside en la calle Escobar con una mujer que casi le duplica la edad. Apostador y propietario del puesto de caficola El Gavilán, jamás ha tenido nexo alguno con el mundo de los puños. Sin embargo, tal vez por ambición, tal vez por hobby, se ha encaprichado en convertirse en manager.

«Mira, Fino, llegaron dos muchachos de Camagüey y hay un negrito ahí que a Pincho no le gusta y yo estoy seguro de que da boxeador», le dice el experto. «Es peso pluma y trae un récord amateur tremendo: nada más ha perdido una vez y fue contra un tal Ciro Moracén que está “encendido”»...


Fernando Balido cree en el ojo clínico de Manolo Fernández y se persona al otro día en un gimnasio, donde queda sorprendido por la velocidad de manos del muchacho, sus reflejos y resistencia física. «Nada más que lo vi ―escribirá muchos años después― me di cuenta de que aquel jovencito podía llegar lejos».[6]


Del gimnasio, manager y pupilo parten rumbo a la calle Lagunas entre Belascoaín y Gervasio, donde Fino renta un cuarto para su boxeador. «Se lo alquiló a mi prima Esperanza Martínez», relata Yolando Sánchez. «Yo era un niño, vivía allí mismo, y recuerdo que Gerardo me cayó bien desde el principio. Era un joven humilde, agradable, sin vicios... A Esperanza también le simpatizó tremendamente, hasta el punto de que se convirtió en madrina suya».



Con ropa, alimentación y cama aseguradas, Gerardo González comienza a trabajar «a todo gas». El ojo experto de Manolo Fernández pule aquí, encauza por allá, y el progreso no tarda en ser marcado.

«Ahora solo nos falta bautizarte con un nombre que atraiga a la gente ―le dice Balido―, y he pensado en llamarte Gavilán. Kid Gavilán. Kid, como Chocolate; y Gavilán, como mi negocito de Escobar y Ánimas. ¿Te gusta?».


[1] Tal como refieren Menéndez, Elio y Víctor Joaquín Ortega: Kid Chocolate: El Boxeo Soy Yo, La Habana, Editorial Orbe, 1981, p.10.

[2]. Citado por Omelio Ramos Mederos en «El Ancho Mundo del Boxeo», prólogo a la antología Cuentos de Boxeo, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1981, tomo I, pp.32-33.

[3].La frase pertenece a Julio Ferreiro Mora, en Historia del Boxeo Cubano, 1ra. edición, Miami, Selecta Enterprises, 1978, p.12.

[4].Tomado de Norman Mailer en Rey del Ring, Barcelona, Editorial Lumen, 1972, p.15.

[5].Ibidem, p.3.

[6]. Julio Ferreiro Mora, op.cit., p.170.


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