Orquesta Hermanos Castro: Un legado musical
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- 17 feb
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Actualizado: 18 feb
La historia de la música cubana está llena de agrupaciones que han dejado una huella imborrable en la cultura y el arte de la isla. Entre ellas, la Orquesta Hermanos Castro destaca como una de las más duraderas y emblemáticas dentro del género de las orquestas familiares. Este grupo no solo marcó un antes y un después en la escena musical cubana, sino que también fue cuna de numerosos talentos que luego brillaron en solitario o en otras formaciones.
En este artículo me propongo ofrecer un recorrido minucioso por la trayectoria de esta pionera big band, apoyándome en el riguroso trabajo investigativo de María Matienzo Puerto en su libro Orquesta Hermanos Castro. La escuelita. Gracias al acceso y estudio sistemático del archivo familiar de los Castro, la autora logra articular una visión profunda, documentada y reveladora sobre el legado artístico, organizativo y pedagógico de esta emblemática agrupación.

De Guanabacoa al Mundo
La historia de la Orquesta Hermanos Castro comienza con la llegada de la familia Castro a la villa de Guanabacoa, un lugar con una rica tradición musical y cultural. Fue allí donde Manolo Castro, el patriarca, fundó la jazz band que daría origen a la orquesta. Este momento marcó el inicio de una aventura musical que se extendería por varias décadas, caracterizada por la pasión, el talento y la dedicación de los hermanos Castro.
Nos relata Matienzo:
El puerto de La Habana, en 1907, seguía siendo un buen destino para los emigrantes españoles. El sueño americano estaba en el Caribe. La idea de amasar una fortuna con el arribo a estas costas del mundo era frecuente, sobre todo entre los que en la Península no tenían nada que perder. Por eso, apenas José Castro se licenció del ejército español y se casó con Rosario Hidalgo, él y su esposa zarparon en el vapor Marqués de Comillas, desde el puerto de Cádiz, rumbo al éxito.
Ya no eran los cónyuges los únicos miembros de la familia: Manolo de dos años correteaba entre los tripulantes de segunda clase. Era una bendición tenerlo. Antes de aventurarse, José sabía de las prebendas hacia los nacionales: solamente que le aseguraran un empleo ya era más que suficiente. Con el niño la estrategia sería simple y precisa: inscribirlo como cubano.
Casi cuatro siglos bajo la metrópoli española; treinta años de lucha por la independencia; unos pocos de República y Cuba seguía siendo rebelde, por causas que él no llegaba a comprender, y que nunca llegarían a interesarle. Así que su decisión de alejarse de las armas y de la vida uniformada, que quizás le hubiesen dado un estatus diferente, estaba bien tomada. El otro oficio que conocía era el de la marmolería, pero, aunque esta era una ciudad que se veía despuntar, faltaban al menos veinte años antes de que los primeros grandes edificios con pisos y columnas se alzaran.
Guanabacoa, una de las primeras villas de la isla, conservaba la iglesia y los colegios religiosos. Famosa por su escuela de música, por la reserva de indios y sus abundantes manantiales, y pese a que no lograba escapar de lo negro, parecía el lugar ideal. La villa tenía suficiente desarrollo como para que el trabajo sobrara y le permitiera no perder de vista la educación de su hijo ni el cuidado de su mujer.
Los nuevos aires no le brindaban mucha estabilidad: una colocación aquí y otra allá era todo lo que podía encontrar, y no pensaba rendirse. Antes de que naciera el resto de la descendencia a que aspiraba, José Castro inscribió a su hijo Manuel Castro Hidalgo, el 12 de mayo de 1908. El siguiente fue Pepito que moriría en la niñez porque no había salido con suficiente fuerza para sobrevivir al mosquito, al clima y a los constantes cambios de hogar. Y, bajo el pensamiento de que las familias mientras más numerosas, sobre todo en varones, más prósperas en el futuro, al primogénito, Manolo, que ya iba a la escuela, le siguieron Antonio, Carmita, Dolores o Lolita como la conocían, y, por último, Juan y Andrés.

La evolución de la Orquesta Hermanos Castro y su impacto en la música cubana
A lo largo de los años, la Orquesta Hermanos Castro fue consolidándose como una big band pionera en Cuba, ganándose el respeto y la admiración tanto del público como de sus colegas músicos. Su estilo, que combinaba elementos del jazz con ritmos tradicionales cubanos, les permitió destacar en un panorama musical muy competitivo.
Además, la discografía de la Orquesta Hermanos Castro es un testimonio invaluable de su evolución artística. A través de sus grabaciones, se puede apreciar la riqueza sonora y la innovación que caracterizaron su trabajo, así como la influencia que ejercieron en generaciones posteriores.
Y es que Manolo ya era conocido por su virtuosismo con el saxo alto entre los integrantes de la Orquesta Hermanos Palau, fundada en 1922, con el nombre de Los Califantes, bajo la dirección de Gerardo Palau. Por supuesto, las murmuraciones de que estaba interesado en formar su propia orquesta rodarían de boca en boca porque, gracias a esta experiencia en la Hermanos Palau, había compartido con Gerardo, Genaro, Edmundo, Felipe, Rafael, Felipe, Luciano y Lorenzo Palau; con Félix Lucas Guerrero Reyna, en la guitarra y Germán Pinelli, como cantante.
Junto a ellos había recorrido las plazas bailables de los hoteles Plaza, Sevilla y Almendares; los cabarets Casino Nacional, Summer Casino y el Sans-Souci.
Aunque mayo de 1929 fuera el inicio de un largo matrimonio entre la orquesta y el mismo Manolo Castro, quien nunca la abandonaría y exigiría la misma fidelidad a sus hermanos, el resto de los integrantes serán aves de paso, utilizarán a la agrupación como plataforma de despegue para formar sus propios proyectos o les resultará de gran utilidad como escuela musical.
El debut de la orquesta en la sociedad habanera fue propiciado por Pablo Álvarez de Cañas, en un círculo selecto y poderoso económicamente, con un contrato con el Havana Yatch Club. Manolo no había perdido tiempo durante su paso por los Palau y las relaciones que había establecido comenzaban a florecer.
El prestigio que iban ganando en el adinerado club y en los salones del Vedado Tennis Club, en la periferia del Vedado, donde hacían gala del bandoneón, les permitió alternar en el año 1929 otras presentaciones en el Teatro Nacional y en el Teatro Campoamor, con la pareja de baile David and Hilda Murray, donde batieron los records de entrada, pues se mantuvo un promedio de ingresos de mil pesos diarios.
Ambos teatros constituían un reto para el conjunto. Al Campoamor lo apreciaban como «al más musical de los teatros»; y el Nacional poseía una acústica especial concebida desde su creación para la ópera. Al Campoamor se llegaba por una de las entrecalles del bulevard San Rafael y, al igual que el Nacional, colindaba con la arboleda que estaba siendo sustituida por los parques de El Capitolio. La joven agrupación había logrado llenar uno y otro espacio histórico con sus programas musicales y artísticos.
Del entusiasmo inicial habían pasado a competir en un mercado que pensaban topado; sin embargo, parecía que el público esperaba que ocurriera algo parecido a lo que hicieron los Hermanos Castro, porque desde el inicio las puertas a la fama estuvieron abiertas.
Así, el 14 de junio de 1930, en la finca El Aljibe es reclamada la presencia de los músicos. Sitio pintoresco, detrás de El Chico, en las proximidades del pueblo del Wajay, dotado de amplios y típicos salones donde comía, bailaba y se divertía la gente. Armando Herrera, director del lugar pensó en la orquesta para amenizar una fiesta en honor al embajador de España y a la señora de Méndez de Vigo. Los invitados pasaban de doscientos y eran un grupo numeroso de matrimonios de alta sociedad.

Documentos inéditos y fotografías que revelan la esencia de la orquesta
Uno de los aspectos más fascinantes de esta historia es el acceso a documentos y fotografías inéditas que permiten al lector adentrarse en la vida cotidiana y el quehacer musical de la orquesta. Estos materiales, cuidadosamente conservados en el archivo familiar, ofrecen una mirada íntima y detallada que complementa la narrativa histórica.
Las imágenes capturan momentos clave, desde ensayos y presentaciones hasta reuniones familiares, mostrando la complicidad y el compromiso de los hermanos Castro con su proyecto musical. Los documentos, por su parte, incluyen partituras, contratos y correspondencia que ilustran los desafíos y logros que enfrentaron a lo largo de su trayectoria.

Un puente hacia la cultura y la literatura cubana
Considero que la publicación de este libro biográfico sobre la Orquesta Hermanos Castro representa una oportunidad invaluable para acercar a los lectores a una parte fundamental de la historia musical de Cuba. La obra, que se apoya en fuentes primarias y testimonios directos, ofrece una narrativa rica y accesible que invita a la reflexión y al disfrute.
UnosOtrosEdiciones, con su compromiso de ser un puente para que escritores enfocados en cultura y literatura puedan ver sus obras publicadas, contribuye así a expandir el impacto cultural y literario, promoviendo el acceso a la lectura y la difusión de voces diversas. Este libro es un claro ejemplo de cómo la literatura puede preservar y revitalizar el patrimonio cultural, conectando pasado y presente.
Para quienes deseen profundizar en la historia de la Orquesta Hermanos Castro y descubrir los detalles que la convierten en un referente, esta obra es una lectura imprescindible que enriquece el conocimiento y la apreciación de la música cubana.
Espero que este recorrido por la vida y obra de la Orquesta Hermanos Castro haya despertado su interés y admiración por esta agrupación que, con su talento y dedicación, dejó una huella imborrable en la cultura de Cuba. La música, como expresión artística y cultural, sigue siendo un vehículo poderoso para contar historias y conectar generaciones, y la historia de los hermanos Castro es un claro ejemplo de ello.






















